sábado, 21 de diciembre de 2019

Oratoria forense: el decanato del arte de hablar en público.



No deja de ser sorprendente que en cada época de la existencia humana se dejan de lado conocimientos que posteriormente son rescatados con un enfoque de renovación que les impulsa hacia un nuevo renacimiento. La oratoria forense es una habilidad que ha sido retirada en muchos programas de enseñanza por considerarse necesario darle cabida a otras disciplinas más acordes con los tiempos actuales.  He aquí un extremo de medidas tomadas por la academia que ya de por sí merece que le dediquemos una reflexión.

En su obra La elocuencia de los jueces, el maestro y abogado francés Maurice Gar
çón crítica seriamente esta supresión:

Nos adentramos como aventureros en un camino en el que cualquier guía nos enseñaría que no hay nada por descubrir.
La juventud apresurada cree que todo se puede hacer.  Se desanimaría si supiese que sus esfuerzos de creación parecerían pueriles a los filósofos y oradores antiguos,  que tenían tantos conocimientos de oratoria.

Merece la pena entender su mensaje porque,  a diferencia de lo que sucede en el ámbito  de la historia de las ciencias, las referencias de las oratorias del pasado nos siguen hablando. Cuando se demuestra que una teoría científica es falsa,  cuando se le refuta a través de otra manifiestamente más verdadera, se sabe que cae en desuso y ya no interesa a nadie,  al margen claro está, de algunos eruditos.  Pero las grandes cuestiones relativas al arte de la oratoria, sus caminos, sus reglas y matices, formuladas en la noche de los tiempos,  siguen teniendo vigencia. Desde este punto de vista,  se podría comparar la historia de la oratoria, más que con la historia de la ciencia,  con la historia del arte.  Del mismo modo en que las obras de Demóstenes o de Isócrates no son más obsoletas que las de Cicerón o Quintiliano,  las reflexiones de Churchill o del Dr. Martín Luther King en torno al arte hablar en público, no son mejores,  ni por lo demás, peores que las de Tisias, Aristóteles o Sócrates. Existen propuestas sobre cómo se puede practicar la oratoria,  reglas que  se adoptan dependiendo del contenido,  audiencia y temática a tratar que nos siguen hablando a través de los siglos y que nada puede convertir en obsoletas.

Así, por mucho que las teorías científicas puedan quedar bajo el manto de la obsolescencia en diferentes ámbitos, no ocurre lo mismo con la Oratoria,  por muy antiguos que sean los referentes clásicos, podemos seguir bebiendo de la fuente de su sabiduría.

Es fundamental que los profesionales vinculados a disciplinas legales,  forenses y criminalísticas dominen el arte de la oratoria, no solo por el hecho de haberse convertido por mérito propio en el gran decanato de las oratorias que se practican en todos los ámbitos, sino porque también es una herramienta que consolida cualquier carrera profesional,  siendo capaz de granjear una sólida reputación para cualquiera que sepa manejarla adecuadamente. Un alegato con una argumentación bien construida proporciona elementos que nos permiten enarbolar la bandera que nos da la razón en una disputa en cualquier contienda judicial. La oratoria forense es como una danza de  esgrima y de puro forcejeo mental, donde se ventilan hechos, cifras, argumentos, contra argumentos,   evidencias, sospechas,  juicios cualitativos,  etc. todo mezclado en un contexto jurídico que se debe aplicar según la interpretación de la situación de cada caso. Todo un yunque que sirve para amoldar la calidad y temple del acero de nuestro intelecto con la finalidad de salir airosos en la contienda.

La academia debe rescatar la Oratoria Forense, desempolvar las enseñanzas de Quintiliano, el gran orador romano que tuvo el mérito de legarnos una obra imperecedera: Instituciones Oratorias. Compuesta por doce libros,  que desarrollan lo que debe ser  la educación del orador,  desde su infancia  por medio de un programa didáctico  bien detallado.  El libro I trata de la educación inicial que proporciona la esencial gramática, y a continuación el cómo darle vida al texto con la retórica. El libro II define la retórica y explica sus características. Los libros III al VII abordan los aspectos de la invención, la disposición y la composición. Los libros VIII al X tratan de la elocución o enunciación. El libro XI trata de la realización del discurso y explica algunos aspectos de la memoria.  Finalmente,  el libro XII orienta al orador en la adquisición de cultura general  y expone las cualidades morales que debe poseer el que pretende hablar.

Debemos siempre tener presente que a partir de Quintiliano, pocas obras importantes se escribieron. La mayoría de los autores posteriores se han basado en sus doce libros y en los estudios anteriores de Aristóteles, Cicerón e Isócrates. Los que han intentado adentrarse por otras vías de innovación diferente, no han conseguido los resultados trazados por estos lejanos y prodigiosos oradores antiguos.

Como complemento,  no debemos dejar de indagar en los estudios de la oratoria actuales,  porque lo que principalmente ha cambiado son los gustos de los oyentes,  cambiando con ello la manera de enseñar el arte de hablar. Los oyentes actuales tienen preferencias por un discurso natural,  sin muchos ornamentos y con menos rigidez que la empleada habitualmente en la antigüedad. La palabra hablada ya no es un privilegio de abogados, políticos y religiosos. También se ha extendido entre empresarios,  ejecutivos,  técnicos y profesionales más allá del ámbito judicial.  Todos necesitan hablar bien para enfrentarse a las más diversas situaciones: dirigir,  liderar o participar en reuniones,  presentar,  presidir actos,  vender productos o servicios, negociar,  persuadir o resolver situaciones difíciles, incluso dar entrevistas,  pronunciar conferencias, dar o recibir homenajes, representar a una empresa o iniciar contactos sociales, etc.  Es una destreza primordial para la vida  contemporánea en una amplia gama de ramas del saber.

Todo adiestramiento en la oratoria debe contemplar una amplia libertad, aunque respetando las reglas que deben seguirse con la ayuda del sentido común y la cautela. Entendiendo que las reglas de la retórica ayudan y deben ser tenidas en cuenta, pero sin sujeciones dogmáticas e inmutables,   y por supuesto sin dejar de incluir a los antiguos retóricos,  adaptándolos al gusto del público moderno. Es clave que podamos obtener oradores que sobre todo puedan conversar con el público. No oradores que simplemente les hablen desde un pedestal,  en la frívola distancia, sino más bien poder estimular e impregnar nuestra charla del necesario calor humano que sirva de guía, inspiración, transformación y modelación de los liderazgos que en cada sector emergerán para conducir a la sociedad en los nuevos desafíos que nos depara un mundo en continua
transformación.