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| Los indignados de Venezuela son una legión tan enorme como los indignados de España. Cortesía de icachondeo.com |
LA URGENCIA DE DISTINGUIR BROTES VERDES
En la Venezuela de los años 2013 al 2019, en la que sufrimos tantos
ciudadanos, son multiformes las historias que se pueden contar y
que se pueden describir. Historias tan infinitas como similares, y es
que en todas predomina el sepia que uniformemente retrata el depresivo
revestimiento de dramas y tragedias individuales que abruman la cotidianidad de
una nación. Estamos imbuidos en un laberinto que nos regurgita en las
entrañas, un colectivo reflujo recurrente, que aparece cuando vemos o
escuchamos a líderes políticos de ambos bandos "contribuyendo" como
siempre a la estéril bastardización de la política que inercialmente nos
conduce al abismo. Han puesto al
ciudadano a dar arañazos en la corteza de un árbol sin que nos percatemos que
tenemos fruta madura al frente para salir del atolladero.
Durante estos años, apenas un puñado de líderes políticos ha inoculado en
toda una nación el germen destructivo de una debacle. Usando el
prisma que nos proporciona el enfoque de gerencia, tal manifestación solo es atribuible a
la impericia en materia de gestión humana. Cuando vemos el recorrido del
largometraje que abarca estos terribles y perdidos años podemos contar a tres o
cuatro actores principales y una larga lista de créditos con más de cien personas,
cuyos roles son tan oscuros o rimbombantes que no nos proporcionan una pista
suficientemente clara de lo que pudieron haber hecho durante la larga trama,
pero que sin ninguna duda, sin su participación, no hubiese sido posible la
elaboración de esta mala película.
La más alta magistratura siempre es un desafío complejo para cualquiera
que aspire llevar las riendas de una sociedad,
y ello exige rodearse de
colaboradores que por efecto transitivo comprenden el tamaño y complejidad del
desafío. Tener dominio de un poder
conlleva a su vez al despliegue de facultades y habilidades que estructuran la
tónica que caracteriza su ejercicio. Si
la actitud es negativa, las reacciones son siempre negativas. El diccionario define la actitud como: “una
posición del cuerpo o una manera de comportarse, un estado de la mente o un
sentimiento; disposición, un estado arrogante u hostil de la mente". Cualquier
liderazgo político en ejercicio del poder o en el ejercicio de la oposición a
dicho poder, hace uso de actitudes, que
se convierten en las preferencias individuales u organizacionales y/o
institucionales hacia una forma de hacer las cosas, de gestionar eventos y de
manejar a las personas. Para el bien o para el mal colectivo, dichas preferencias también se convierten para
muchos en referencias de actuación que unos imitan y también muchos combaten,
generando el indigesto caldo de cultivo agotador y paralizante conocido por los
venezolanos como polarización, todo un
revulsivo emocional del raciocinio.
Retoños aún
desconocidos
En “La Quinta Disciplina” Peter Senge nos ilustra sobre el arte de ver
los árboles sin dejar de ver el bosque, señalando las vicisitudes padecidas por
un presidente de los EE.UU muy conocido en Venezuela, que se había ganado la
fama de encarnar un liderazgo ineficaz por antonomasia, abandonando la
presidencia con el más bajo nivel de aceptación desde el final de la 2da Guerra
Mundial, superando en ese sentido a Richard Nixon.
Para los venezolanos existe el mismo consenso mayoritario en cuanto a la
apreciación de lo que ha sido la presidencia de Nicolás Maduro. Es el
equivalente al Jimmy Carter del que se quejaban los estadounidenses, con una
matización valorativa que le concede Senge a Jimmy Carter que quizás sirva también para endilgarle a
Nicolás Maduro. Ambos se consagraban honda y notoriamente a los problemas del
país, pero sin darse cuenta en ese entonces Jimmy Carter como ahora parece
suceder con Nicolás Maduro, de que eran tanto víctimas como victimarios en doble
rol interactuando con la complejidad que les rodea. Y de la que en el caso de Maduro, sigue
engendrando infortunios de mayor complejidad con sus decisiones e indecisiones.
Ambos al querer afanosamente empaparse de los intríngulis de las dificultades, quedaron sofocados en su accionar por los
detalles, perdiendo la perspectiva y rumbo requerido por sus naciones. La
diferencia más notoria es que Maduro se empecina en permanecer en el poder, y
en ese sentido él es diferente a la mayoría de los líderes contemporáneos.
Nos urge como nación que los ciudadanos podamos elevarnos a cierta
altura o tomar suficiente distancia como el propio Senge nos sugiere para que “los árboles no nos impidan ver el
bosque”. Y es que erróneamente nos
precipitamos desesperadamente en creer que en Venezuela el resto de los árboles inmediatos del huerto también lucen apetitosos, y nos entusiasmamos rápidamente como abejas
buscando afanosamente el néctar de
árboles floridos que luego descubrimos que son de un dulzor amargo. Y es que eso nos ocurre a juzgar por los resultados de las aventuras
desesperadas que nos han mantenido en un lodazal de incertidumbres, lleno de
espejismos desde el cual oteamos angustiados buscando más oasis engañosos.
Para obtener retoños que reverdezcan el ejercicio de la política, es
necesario hacer uso del pensamiento sistémico del que nos habla Senge en su
libro. Nos urge poder “distinguir entre
cambios de bajo y alto apalancamiento en situaciones complejas”. En Venezuela,
como en cualquier otro país, existe aún suficiente talento con sobradas
habilidades para ver o escudriñar a través de la complejidad que parece
socavarnos como hiedra venenosa. Debemos aprender a usar los prismas que nos permitan detectar e hilvanar las estructuras subyacentes capaces
de impulsar el cambio sin tener que apelar a la primitiva violencia. Ejemplos
de estos constructos los esbozan referentes respetables como Victor Alvarez o
Luis Vicente León, por nombrar solo unos
pocos.
Ha caducado el tiempo de los actuales liderazgos y sus recursivas e
inefectivas dinámicas panfletarias e inocuas en la resolución de los problemas.
No pueden continuar los vaivenes de Maduro, Cabello, Los hermanos Rodriguez, Isturiz y
sus alter egos contrarios López, Radonsky, Guaido, Machado, Borges, Ledezma, etc. Claramente los
ciudadanos que no protagonizamos esta vorágine indescifrable de desarmonía
exigimos que amaine el temporal que estos liderazgos ocasionan en la vida de la
nación. Es necesario que experimentemos una aprehensión profunda y diferente
cuando comencemos a distinguir que el sistema de cosas y consecuencias proporcionado
por estos liderazgos, es el que nos causa tantas penurias y desasosiego
colectivo.
Decía Rousseau sobre el rol ciudadano en el contrato social, en términos
parecidos: “Uno no siempre hace lo que quiere, pero tiene el derecho a no hacer
lo que no quiere”. Y los venezolanos acusamos
también el desgaste de la vida, de la salud y de la esperanza porque también estamos
obstinados de hacer marchas y contra marchas que no alteran el resultado,
manteniéndose ésta inhóspita realidad que nos revuelve la existencia. Cabe recordar en este abreviado ensayo a un escritor ruso que seguramente ha tenido
alguna especial influencia en el
liderazgo político que ejerce el poder, una influencia quizás retórica, pero no
lastimosamente en su dimensión de accionar ético. El conde Liev Nikolaievich Tolstoi, que era
de origen noble y muy acaudalado en su época, concentró en su persona la terrible lucha
entre mantener una elevada posición social y
la conciencia de las primeras ideas liberadoras de un pueblo oprimido.
Esa confrontación entre dos ideas contrarias se resolvió a favor del ser humano.
Para explicarlo en su sentido más abstracto: Tolstoi cayó en cuenta de lo que a
su vez también impactó a personajes tan disímiles como Henry David Thoreau, Antonio
Gramcsi, Martin Luther King y Gandhi. Consideró
que más importante que toda la
regeneración social y política en una nación - algo que los líderes de la
Revolución Bolivariana pretenden y que evidentemente no han podido lograr - lo
auténticamente imprescindible es una regeneración moral. Lamentablemente ni los
que ejercen el poder ni sus contrarios
opositores representan esos paradigmas. Pero volviendo a Tolstoi, su figura se
encontraba a caballo entre las preocupaciones terrenales como señor
terrateniente y sus proyectos existenciales de idearios políticos. Y cuando
leemos la redacción de su magna obra “La
Guerra y la Paz” nos muestra el apocalíptico cuadro de la Rusia invadida por las tropas de Napoleón.
En esa novela vemos los amores, la política, la guerra, la necedad de la
nobleza, el dolor; lo absurdo del enfrentamiento bélico…todo está en esa novela,
es la historia de hombres y mujeres concretos siendo devorados y arrastrados
por la turbulencia y la locura de la guerra.
En incontables ocasiones, en multiformes escritos, programas de opinión,
editoriales, tuiters, centimetrajes en
prensa y
portales de opinión los venezolanos que acudimos a esos medios buscando
señales o faros que iluminen un nuevo sendero, nos hemos sumergido en
desengaños y esperanzas frustradas sobre una posibilidad de cambio real, pero no
ha cambiado el gobierno, no ha cambiado la oposición, siguen siendo los mismos
operadores políticos con las mismas mañas y los mismos mantos de impostura. Pero
hay brotes verdes rodeando esa yesca de arbustos sin savia, no porque sean
malas hierbas o malos árboles, que al igual que los hombres no son malos como bien
postulaba Victor Hugo, sino que han tenido malos cultivadores, y es hora de que
los venezolanos nos concentrermos en cultivar estas nuevas alternativas, que en
verdad podamos distinguir esos brotes de buenas propuestas que surgen en la
periferia de esta historia protagonizada por personajes vacuos de nuestra
cotidianidad. Es hora de que giremos nuestra mirada en torno a esos que parecen
predicar en el desierto, que aparecen en muy contadas ocasiones para decirnos lo
que no nos gusta escuchar, esos que nos dicen que los cambios no serán inmediatos,
que serán difíciles, pero que están basados en una planificación sistémica y
estructurada, mucho más edificante que la letanía del “Cese a la usurpación,
gobierno de transición y elecciones libres.”

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