La respuesta a la pregunta que encabeza este artículo, es en general afirmativa. La razón es que en una minoría casi ínfima contamos con padres que tienen sólida formación en cultura financiera. La gran mayoría de los padres carecemos de ella, por tanto fallamos en proporcionar estas habilidades a nuestros hijos porque por otro lado, tampoco la recibimos de nuestros padres cuando éramos jóvenes.
Con suma frecuencia en nuestras charlas afirmamos sin rubor que es una equivocación generalizada afirmar que Venezuela tiene problemas económicos. Al hacerlo, inevitablemente siempre es necesario también matizar esa extraordinaria afirmación, que hace fruncir el ceño al más espabilado de los interlocutores.
Aún resulta sorprendente encontrarse con el hallazgo de detectar que muy escasas personas adultas, saben distinguir la diferencia que existe entre tener problemas financieros respecto de lo que significa tener problemas económicos. Muchos padres respetables, inteligentes, trabajadores, profesionales, amorosos complacientes con sus hijos, y en general preparados para afrontar las vicisitudes de la vida han crecido en un país que se caracterizó durante muchas décadas - que abarcan al menos tres generaciones - por vivir bajo el amparo de una relativa estabilidad económica que si bien padeció efectivamente algunos sobresaltos, en general nos permitía vivir con la holgura de tener satisfechas algunas de las más elementales necesidades básicas de una sociedad.
¿A Quienes Culpamos?
Repentinamente nos encontramos con una nueva realidad y es necesario responsabilizar a los culpables de nuestra debacle. Y esto no nos sorprende, a nuestro gentilicio le fascina culpabilizar. Es decir, determinar los factores que han incidido en el despeñadero de nuestra drama existencial. Y al hacerlo seguramente colocamos en primer lugar a los políticos, y este factor ciertamente no amerita ninguna revisión. La lista de factores adicionales podemos seguirla enumerando para saciar nuestra sed vindicadora, pero el objetivo de este artículo no es detenernos en esos menesteres. Por lo que resumiremos las variables de incidencia a dos grandes factores con el fin de no sumergirnos en complejidades. Desde nuestro punto de vista, el siguiente factor de incidencia en el estado actual de la nación obedece a nuestro anquilosado sistema de educación.
Dos factores de mutua incidencia, porque gran parte de nuestros políticos se forjaron en nuestro sistema educativo. La frágil naturaleza de la vida humana que se vive en Venezuela se expone a diario con una claridad tan dramática, que obliga a la gente a hacerse dos preguntas recurrentes y obsesionantes ¿Estamos viviendo del modo en que deseamos y merecemos vivir? ¿Cuando acabará la sensación de empobrecimiento que no embarga?.
Todos nos debatimos con la cuestión del sentido de nuestra vida, y cuando procreamos y formamos a nuestros hijos nos preocupa hondamente por el sentido que ellos darán a su propia vida. A veces esa preocupación llega a ser tan invasiva que sin miramientos de ninguna especie irrespetamos las elecciones que ellos puedan hacer en sus preferencias, cometiendo con ello la peor de las insensateces adjudicables a los padres. Olvidamos que los padres estamos para orientar, no para imponer criterios, ni gustos ni profesiones, sino para sembrar valores y principios de actuación que por otro lado sean coherentes con nuestra propia forma de actuar, porque somos el primer modelo de referencia que tienen nuestros hijos.
La situación de debacle nacional en materia económica ha puesto a nuestro país en el centro de atención de muchas naciones y en el centro de análisis de ciertas personas influyentes en el mundo de las finanzas internacionales, como una curiosidad digna de un examen exhaustivo. Y aunque el impulso de pasar revista surge en la mayoría de nosotros de forma periódica en circunstancias bastante menos dramáticas de nuestras vidas; si nos urge que en lo que respecta a nuestra nación, hagamos revisión a todo aquello relativo a nuestra educación. Especialmente la relacionada con nuestras debilidades cognitivas en materia de ética, economía y finanzas.
Robinson Crusoe
En esas materias, nos encontramos en una situación análoga a la de Robinson Crusoe después de naufragar en su nave. Es decir, debemos explicarle a nuestros hijos la necesidad de no dejarnos guiar por el pánico sino que más bien debemos reenfocar nuestras apreciaciones y comenzar a realizar un balance para recomenzar a reconstruir lo que se pueda. Necesitamos ser capaces de hacer consideraciones sobre lo que implica la situación en la que nos hallamos, incluso la luz que ésta situación arroja sobre diversos aspectos de la existencia venezolana.
Nuestra vida relativamente cómoda se vino a pique repentinamente, pero en lugar de sentirnos abrumados por la adversidad, podemos imitar a Robinson Crusoe para reaccionar ante ella como si se tratar de un tónico embriagador que nos impulsa a salir adelante de nuevo. Debemos comenzar a aprovechar al máximo nuestros recursos mermados, imaginar cómo podemos ahorrar algunos recursos monetarios, calcular qué tipo de inversiones podemos intentar para protegerlos y evidentemente comenzar a disfrutar de cómo podemos imponer nuestro ingenio a las dificultades por las que atravesamos. ¿Podemos seguir esperando a que los políticos de turno arreglen a la nación? ¿Qué podemos hacer mientras eso sucede? ¿En qué momento se sembró la semilla del único árbol que nos cobijó y nos proporcionó sombra de comodidad durante siete décadas? ¿Es que acaso un árbol tan frondoso puede morir?
El Convenio Tinoco
Las respuestas a estas inquietante preguntas no son absolutas ni fáciles de responder. solo debemos comprender y enseñar a nuestros hijos que gran parte del ingreso de divisas a nuestro país tiene una característica especial, no responde a un esfuerzo productivo bien estructurado, ni es la contraprestación a un bien manufacturado por la infraestructura productiva de nuestro país. Nuestro ingreso en gran medida es una renta. Y esa renta obedece al control del Estado venezolano, y de ella bebemos en forma de salarios, ingresos y otras rentas derivadas, la mayor parte de los venezolanos. Es mucho lo que se ha dicho que la sociedad y el Estado venezolano son rentistas. En buena medida nos hemos organizado como Estado y como sociedad para ser unos reclamadores y buscadores de renta, a juzgar por lo que afirma el profesor Diego Bautista Urbaneja en su libro "La Renta y el Reclamo, Ensayo sobre petróleo y economía Política en Venezuela":
"La teoría económica establece que una entrada de dólares sin contrapartida productiva significa una presión intensa hacia la sobrevaluación de la moneda del país en el que ello ocurre. Es uno de los aspectos de la llamada enfermedad holandesa que la ciencia económica ya tiene bien diagnosticada..."
La generación de padres que abarca entre los treinta y tanto y cincuenta y tantos años de edad debemos aprender los intríngulis de un asunto nacional fraguado en la década de los 30 en el siglo XX que culminó en el evento denominado como el "Convenio Tinoco". Muy didácticamente explicado por el profesor Bautista Urbaneja en su libro. Un convenio que terminó definiendo a nuestra nación en materia cambiaria, marcando una pauta revaluacionista de nuestra moneda nacional. Y las consecuencias de esta decisión tendrían un impacto importante en el futuro, porque con ello se decretaba la finitud de actividades agropecuarias y de manufactura, colocando dichas actividades en un plano secundario, e inoculando el germen de una economía con una moneda tradicionalmente sobrevaluada, y por lo tanto con pocos incentivos para producir y exportar. Un escenario en el que esta generación de padres nació, creció y se forjó, es decir, en una economía inclinada a recibir importaciones y bastante hermética hacia las exportaciones que no fueran las del petróleo y derivados, así como otros rubros de menor peso.
Muchos padres han comenzado a comprender que nuestra moneda estuvo durante largo tiempo sobrevalorada de forma artificiosa, y eso lograba que nuestras importaciones con la avariciosa sed de consumo se saciara de forma inconsciente durante todos estos años anteriores a la situación de crisis actual. Esto creó una sociedad poco consciente de la importancia de salvaguardar sus mecanismos de producción, obviamos todas las advertencias de los más acerados intelectuales del pasado, uno de los que más enfatizó el peligro que se cernía fue Don Uslar Pietri, pero a nadie le gustan los aguafiestas. Y durante décadas de estabilidad económica artificial, la renta petrolera sirvió para hipnotizarnos en la comodidad, transfiriendo una cantidad enorme de dólares a manos privadas. Matizando acertadamente el profesor Urbaneja Bautista que "manos privadas" se refiere a una acepción amplísima del término que en realidad "quiere decir la población en general, pero considerada individuo por individuo".
¿Tenían conciencia los políticos de la nación, en la ahora ya lejana década de los 30 del siglo XX,sobre las consecuencias destructivas que tendría el Convenio Tinoco en el largo plazo para la nación? No sabemos la respuesta, pero intuimos que las nuevas generaciones deben aprender de los errores del pasado. Empezando porque un argumento que podría esgrimirse sería que los deseos de Tinoco podrían estar alineados con la necesidad de que la nación recibiera más dólares por menos canje de bolívares. El punto es que los mismos no sirvieron sino para expandir el consumo y destinar insuficientes fondos hacia la inversión en materia productiva.
La realidad venezolana poco a poco se enrumbó por el sendero de su dependencia del petróleo, un hecho que en las primeras de cambio se pensó que podría ser un fenómeno circunstancial, pasó a ser visto como un rasgo duradero de nuestra economía, asumir las riendas de lo que sería un Petroestado. Afirma Bautista Urbaneja "que una vez que se toma tal ruta y se avanza por ella, se hace cada vez más difícil devolverse y son cada vez más numerosas, y más irrecuperables, las opciones que se quedan a la vera del camino".
Todos los intereses se anidaron en torno a esa decisión, y se denomina a los fenómenos derivados que empujan inercialmente hacia esa ruta que se ramifica densa y voluminosamente como "la dependencia del camino", "por donde se viene andando determina mucho por donde se podrá seguir yendo". (Bautista Urbaneja, 2013).
Salimos a la calle y nos asalta un pensamiento tormentoso, comprobar nuevamente el alto costo de la vida, con altos precios de bienes y servicios. Un juego de supervivencia se desata en nuestras entrañas, con poco espacio para disfrutar de la vida. Para el momento en que escribo estas lineas cuatro (4) adolescentes fallecen en el parque Generalísimo Francisco de Miranda atraídos por un espectáculo "gratuito" de un cantante desconocido para la mayoría de los padres y representantes. Una padre formado en cultura financiera sabe bien que no existe en la vida nada que sea "gratuito", todo tiene un costo y generalmente detrás del costo en lo que es denominado "gratuito" subyace una insuficiencia de fondos para satisfacer un servicio de forma adecuada a la demanda que el mismo pueda generar. Las consecuencias de este hecho, deben servirnos de lección, porque tienen un saldo lamentable. La lección que se debe extrapolar de esa experiencia es que hay duras realidades que invaden nuestra economía y que es muy poco probable que logremos cambiarlas con facilidad si no empezamos a proporcionar información de calidad a nuestros hijos para que empiecen a descifrar los hechos de la vida con suficiente anticipación sensible antes de tomar decisiones que terminan siendo lesivas para su salud y para su vida.
Cuando contamos con un empleo, uno es incapaz de visualizar muchas variables que hoy en día se deben considerar. Inculcamos a nuestros hijos el valor del estudio, algo que no debemos dejar de enfatizar, es lo correcto, es lo que hicimos, es lo que nos ha permitido levantarlos, y esperamos que la carrera que ellos elijan les cause satisfacciones, de la misma manera que elegirán la empresa para la que trabajarán, porque es la que les resulta más indicada para desarrollar su potencial. Pero no siempre resulta la vida bajo esa forma idealizada, y muchas veces las personas terminan trabajando en una empresa sin sentirse a plenitud, sin pronósticos de carrera futura, mal pagados y sin muchas posibilidades quizás de elegir un mejor trabajo a donde ir. ¿Cómo evitar que nuestros hijos se enfrenten a las misma frustración y cavilación que hoy en día tiene un importante segmento de la población económicamente activa en Venezuela?
Vivimos en una modernidad cuyas estructuras hacen aguas por todas partes, instituciones y organizaciones empresariales que antes nos parecían sólidas, firmes y fuertes terminan luciendo como un vulnerable castillo de arena que se ve sometido a los vaivenes de una implacable marea que entra y sale de sus entrañas para demolerlo e implosionarlo sin escrúpulos. Ejemplos vemos en aparentemente sólidas instituciones que repentinamente se han licuado por mala praxis empresarial, como ha ocurrido en PDVSA, en CANTV, Corpoelec y en empresas, bancos como comercios que han cerrado sus puertas.
Vemos arenas movedizas que zarandean los senderos del entramado empresarial e institucional, con pocas posibilidades de hallar caminos alternativos, escasas posibilidades u opciones de cambios. De alguna manera todos intuimos que llegó la hora de realizar cambios en lo que respecta a la vida profesional y laboral, pero medra una distancia entre el querer y la urgencia de actuar. Muchos siguen albergando la esperanza de que el petróleo nos siga salvando y eso obnubila otros horizontes que deberíamos comenzar a explorar como sociedad. Miremos a los ojos de nuestra generación de relevo, tienen ganas de aprender, tienen ingenio, curiosidad, tiempo y deseos de surgir. Salgamos de la frustración experimentada por decisiones que tomaron nuestros antecesores en el pasado con las repercusiones que han tenido en nuestro presente. Dejemos de culpar y pongámonos con resolución manos a la obra con nuestros hijos como si estuviésemos poseídos por el espíritu renovador de Robinson Crusoe.
La situación financiera, profesional, laboral, anímica y empresarial de una persona es el resultado tanto de las decisiones correctas como de las decisiones equivocadas tomadas en el contexto de su propia educación, como del dinero y los negocios con los que trabó relación a lo largo de su vida. Es hora de invertir en la educación de nuestros hijos de un modo en que tradicionalmente no hemos hecho, y confiemos en que la inversión en educación financiera y económica nos reportará satisfacción de cara al futuro y dará a nuestros hijos sólidos y sostenibles rendimientos porque habremos sembrado algo que sabrán cultivar como también reproducir para enseñar en el seno de su misma generación de amistades. Somos un país con abundante infraestructura, recursos ambientales, hídricos, con abundantes tierras fértiles, un clima envidiable, una biodiversidad única entre más de 190 países del mundo, con gas, petróleo, diamantes, oro, coltán, grafeno, etc. Nuestro problema es en resumidas cuentas, un problema de crisis de liderazgo político y ciudadano, una generación de enanismo político cuasi pueril, de comportamiento fraudulento que solo ansían contar con electores irreflexivos. No es un problema exclusivamente económico, es un problema político y financiero el que debemos resolver, y la esperanza está en nuestros jóvenes.
Si tuviésemos que enumerar los principales factores por las que varias generaciones de dirigentes políticos ha fracasado en materia financiera para garantizar sólidos crecimientos de la economía venezolana, podríamos señalar de forma sencilla y llana los siguientes elementos:
Finalmente, a lo largo de este artículo hemos examinado solo algunas señales que nos anuncian que ha llegado el momento de pasar revista a lo que deseamos cambiar, tanto si se tiene una sensación de duda persistente que se ha ido desarrollando a lo largo del tiempo por los acontecimientos que se han venido acumulando en nuestra nación hasta el punto en que ya no es posible ignorarlos, como si experimentásemos también una situación de importancia vital que sin duda altera de modo irrevocable nuestra perspectiva. Es necesario activar al menos algunas estrategias desde el pequeño mundo de lo microeconómico para impulsar los cambios que alteren estas señales y emprender así acciones regeneradoras, empezando con nuestros hijos adolescentes, que en pocos años estarán listos para darle un giro a nuestra situación. Comencemos proporcionándole educación financiera.
La dependencia
La realidad venezolana poco a poco se enrumbó por el sendero de su dependencia del petróleo, un hecho que en las primeras de cambio se pensó que podría ser un fenómeno circunstancial, pasó a ser visto como un rasgo duradero de nuestra economía, asumir las riendas de lo que sería un Petroestado. Afirma Bautista Urbaneja "que una vez que se toma tal ruta y se avanza por ella, se hace cada vez más difícil devolverse y son cada vez más numerosas, y más irrecuperables, las opciones que se quedan a la vera del camino".
Todos los intereses se anidaron en torno a esa decisión, y se denomina a los fenómenos derivados que empujan inercialmente hacia esa ruta que se ramifica densa y voluminosamente como "la dependencia del camino", "por donde se viene andando determina mucho por donde se podrá seguir yendo". (Bautista Urbaneja, 2013).
Además de empleados ¿Pueden los hijos cambiar el guión?
Cuando contamos con un empleo, uno es incapaz de visualizar muchas variables que hoy en día se deben considerar. Inculcamos a nuestros hijos el valor del estudio, algo que no debemos dejar de enfatizar, es lo correcto, es lo que hicimos, es lo que nos ha permitido levantarlos, y esperamos que la carrera que ellos elijan les cause satisfacciones, de la misma manera que elegirán la empresa para la que trabajarán, porque es la que les resulta más indicada para desarrollar su potencial. Pero no siempre resulta la vida bajo esa forma idealizada, y muchas veces las personas terminan trabajando en una empresa sin sentirse a plenitud, sin pronósticos de carrera futura, mal pagados y sin muchas posibilidades quizás de elegir un mejor trabajo a donde ir. ¿Cómo evitar que nuestros hijos se enfrenten a las misma frustración y cavilación que hoy en día tiene un importante segmento de la población económicamente activa en Venezuela?
Vivimos en una modernidad cuyas estructuras hacen aguas por todas partes, instituciones y organizaciones empresariales que antes nos parecían sólidas, firmes y fuertes terminan luciendo como un vulnerable castillo de arena que se ve sometido a los vaivenes de una implacable marea que entra y sale de sus entrañas para demolerlo e implosionarlo sin escrúpulos. Ejemplos vemos en aparentemente sólidas instituciones que repentinamente se han licuado por mala praxis empresarial, como ha ocurrido en PDVSA, en CANTV, Corpoelec y en empresas, bancos como comercios que han cerrado sus puertas.
Vemos arenas movedizas que zarandean los senderos del entramado empresarial e institucional, con pocas posibilidades de hallar caminos alternativos, escasas posibilidades u opciones de cambios. De alguna manera todos intuimos que llegó la hora de realizar cambios en lo que respecta a la vida profesional y laboral, pero medra una distancia entre el querer y la urgencia de actuar. Muchos siguen albergando la esperanza de que el petróleo nos siga salvando y eso obnubila otros horizontes que deberíamos comenzar a explorar como sociedad. Miremos a los ojos de nuestra generación de relevo, tienen ganas de aprender, tienen ingenio, curiosidad, tiempo y deseos de surgir. Salgamos de la frustración experimentada por decisiones que tomaron nuestros antecesores en el pasado con las repercusiones que han tenido en nuestro presente. Dejemos de culpar y pongámonos con resolución manos a la obra con nuestros hijos como si estuviésemos poseídos por el espíritu renovador de Robinson Crusoe.
La situación financiera, profesional, laboral, anímica y empresarial de una persona es el resultado tanto de las decisiones correctas como de las decisiones equivocadas tomadas en el contexto de su propia educación, como del dinero y los negocios con los que trabó relación a lo largo de su vida. Es hora de invertir en la educación de nuestros hijos de un modo en que tradicionalmente no hemos hecho, y confiemos en que la inversión en educación financiera y económica nos reportará satisfacción de cara al futuro y dará a nuestros hijos sólidos y sostenibles rendimientos porque habremos sembrado algo que sabrán cultivar como también reproducir para enseñar en el seno de su misma generación de amistades. Somos un país con abundante infraestructura, recursos ambientales, hídricos, con abundantes tierras fértiles, un clima envidiable, una biodiversidad única entre más de 190 países del mundo, con gas, petróleo, diamantes, oro, coltán, grafeno, etc. Nuestro problema es en resumidas cuentas, un problema de crisis de liderazgo político y ciudadano, una generación de enanismo político cuasi pueril, de comportamiento fraudulento que solo ansían contar con electores irreflexivos. No es un problema exclusivamente económico, es un problema político y financiero el que debemos resolver, y la esperanza está en nuestros jóvenes.
Si tuviésemos que enumerar los principales factores por las que varias generaciones de dirigentes políticos ha fracasado en materia financiera para garantizar sólidos crecimientos de la economía venezolana, podríamos señalar de forma sencilla y llana los siguientes elementos:
- No se formaron para comprender de dónde viene la riqueza
- No entienden lo que significa la cautela, la prevención y el sacrificio
- Desean resultados en el corto plazo
- No saben administrar prioridades al hacer uso de los ingresos
- Cuando toman decisiones financieras, priva la emocionalidad sobre la razón
- Al aumentar los ingresos del país, aumentaron los gastos de consumo en detrimento de la inversión productiva
- Dependían de los ingresos del petróleo
- Fueron complacientes con la población en subsidios
- Desconocen el poder de hacer uso del apalancamiento
- Realizan gasto emitiendo deuda y luego se desesperan por los déficits
Finalmente, a lo largo de este artículo hemos examinado solo algunas señales que nos anuncian que ha llegado el momento de pasar revista a lo que deseamos cambiar, tanto si se tiene una sensación de duda persistente que se ha ido desarrollando a lo largo del tiempo por los acontecimientos que se han venido acumulando en nuestra nación hasta el punto en que ya no es posible ignorarlos, como si experimentásemos también una situación de importancia vital que sin duda altera de modo irrevocable nuestra perspectiva. Es necesario activar al menos algunas estrategias desde el pequeño mundo de lo microeconómico para impulsar los cambios que alteren estas señales y emprender así acciones regeneradoras, empezando con nuestros hijos adolescentes, que en pocos años estarán listos para darle un giro a nuestra situación. Comencemos proporcionándole educación financiera.

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