No nos la enseñan en la escuela primaria, ni en la secundaria, y cuando alcanzamos estudios superiores se da por sentado que dominamos sin problema ésta extraordinaria habilidad. ¿Cuántas veces nos hemos visto en la obligación de realizar una presentación ante una audiencia y hemos deseado poseer más conocimientos y habilidades de Oratoria?. Muchas, seguramente.
El sistema educativo occidental parece estar diseñado para olvidar que la Oratoria era una de las formas especiales de búsqueda de las antiguas comunidades de la Grecia Clásica. Uno de los sellos característicos de tales comunidades era que estaban centradas en el dominio de la palabra hablada. Para el hombre moderno del siglo XXI un pensador o intelectual es una persona que se caracteriza sobre todo por ser un escritor. En cambio, para los griegos, un pensador era definitivamente un orador. ¿Que nos impide convertirnos en un agudo Orador con adecuada sensibilidad, visión y conocimiento?
Vivimos en un un mundo que parece especialmente destinado a confinar a los seres humanos a una especie de claustro lleno de distractores que les impiden desarrollar habilidades que los antiguos consideraban esenciales para ejercer el rol básico de ser ciudadanos. La palabra hablada para ellos:
"es aquel discurso que unido al conocimiento se escribe en el alma del que aprende; aquél que por un lado sabe defenderse así mismo, y por otro hablar o callar ante quienes conviene".(Fedro, de Platón)Todos nos debatimos de vez en cuando con la pregunta del sentido de nuestra vida:¿Estoy viviendo del modo en que deseo vivir? Seamos estudiantes, académicos, aspirantes a la política, emprendedores o profesionales, con años de trabajo y desempeño laboral, nunca está de más que con alguna frecuencia nos hagamos este tipo de interrogantes. Cuestión muy necesaria para reponer energías, creatividad, y compromiso, así como recuperar la pasión por aquello que queremos realizar en nuestro ámbito de desempeño. La consagración de un profesional llega cuando es capaz de conquistar la mente y el corazón, así como el respeto y el aplauso de sus colegas.
Muchas personas eventualmente se sienten atrapadas o aburridas en las labores que realizan y se dan cuenta tardíamente que se han adaptado hasta tal punto a las frustraciones de su trabajo que apenas son capaces de reconocerse a sí mismas. Para otras, la señal aparece cuando se enfrentan a un desafío del tipo "hablar en público" que implica ejercer algún tipo de liderazgo del que la organización para la cual trabajan sospecha pueden salir airosos, solventes y triunfadores. Y es cuando de forma repentina descubren su verdadera vocación o quizás es cuando aparecen las pesadillas nocturnas del horror infantil hechas realidad.
Muchos estudios se citan señalando que uno de los mayores miedos de la humanidad proviene precisamente de la idea de tener que hacer uso de la palabra hablada frente a una audiencia que puede lucir como un monstruoso devorador de oradores. Se le ha denominado Glosofobia. Un temor que se ha venido anidando, asentándose y acumulándose como gruesas capas de sedimentos entre amplios segmentos de la población mundial, debido a una debilidad que a nuestro juicio luce adrede y pertinaz en nuestro sistema educativo. Algo que se ha agudizado en los tiempos actuales donde nos hemos convertido en presas fáciles de la distracción y de la falta de atención plena para desarrollar estas habilidades.
Cabe recordar en este punto, que la antigua Grecia, especialmente la diminuta y prodigiosa Atenas no se regía mediante el engorroso mecanismo de intercambio de papeles entre burócratas de turno. La gestión de gobierno se fundaba en una asamblea viva de ciudadanos. En dichas asambleas, los ciudadanos podían debatir, plantear propuestas, optar por la guerra o por la paz, adoptar medidas fiscales o de gobierno de cualquier tipo. La participación en la democracia de Atenas implicaba la presencia física en las sesiones y realizar intervenciones en nombre propio. Ser ciudadano, obligaba a ir frecuentemente a realizar intervenciones como parte de la gestión de gobierno. Esto por supuesto representa una clara limitación que tendríamos hoy para algo equivalente en nuestras ciudades modernas, pero el punto a ser rescatado es la importancia que daban los ciudadanos al desarrollo de la oratoria como una habilidad donde la palabra hablada surgía para proporcionar la adecuada sabiduría política.
No resulta sorprendente entonces que los ciudadanos atenienses se preocuparan por adquirir estas habilidades desde tempranas mocedades. Intuían que era algo necesario para sobrevivir al espectáculo cotidiano de la gran comedia humana. Un fenómeno que sigue siendo imperecedero, pero que se ha matizado abrumadoramente bajo los tentáculos de una era dominada por el twitter, facebook, instagram y otras herramientas de alcance masivo, donde la "experticia hablada" sucumbe para diluirse ante la vorágine de los guerrilleros del teclado. Una legión de ejércitos que no sobreviviría ante la desafiante prueba de hacer un forcejeo mental verbal entre interlocutores.
Todos opinamos, todos nos indignamos, censuramos, criticamos y condenamos la conducta de nuestros líderes políticos cuando nos toca analizar su discurso. Pero invariablemente seguimos sin aprender la lección de saber elegir correctamente a nuestros líderes. Al igual que los intercambios de palabras vivas entre ciudadanos atenienses garantizaban la buena salud de las ciudades-estado. De la misma forma la conversación escudriñadora entre ciudadanos por medio de la oratoria y el diálogo, debería alimentaría la salud de nuestras almas. Una salud que nos permita elevar el criterio necesario para distinguir cuando estamos en presencia de un líder fallido o de moral cuestionable.
Dominar la oratoria, nos proporciona herramientas para hacer un estudio profundo y minucioso de los sinuosos rodeos y ardides de los que se sirve cierta y ordinaria naturaleza humana para enmascararse en virtudes impostoras, cuando ejecutan un discurso en un envoltorio suculento destinado a engolosinar a una ciudadanía desprevenida. Al descifrar sus artificiosos modismos, muchas veces descubrimos sin sorpresa que están hermanados con la altivez arrogante y la falta de probidad.
Debemos aprender que los políticos, ninguno de ellos, pueden ser personas totalmente sinceras. Un político está siempre buscando electores, y solo es capaz de decir lo que la gente espera que diga. Cuando observamos el discurso de los políticos debemos observar que los que verdaderamente opinan son las muchedumbres que les siguen, son sus oyentes, más que ellos como oradores. Son el caso típico en el que los oradores se convierten en una especie de espejo o eco de lo que los demás piensan. Y si no lo hacen de esa forma, terminan fracasando.
Aquél espíritu fogoso e inquisitivo donde se forjaron como oradores los antiguos ciudadanos griegos, terminó cediendo su fructífero espacio al mundo de la palabra escrita, un mundo más acorde con las densidades demográficas que paulatinamente la hicieron crecer con el tiempo. Un mundo que ha recorrido un largo trecho desde la antigüedad y que inequívocamente se ha transformado por la escritura y la difusión de las ideas, pero que a pesar de su extendido dominio, aún medramos de la cantidad y calidad de buenos oradores que nos exigen los nuevos tiempos de avanzadas tecnologías. Requerimos neo atenienses en la población como un factor de peso coadyuvante para revestirnos de la mejora en la transformación de una ciudadanía que por sus dotes debería exigir mejores gobernantes, pues es sabido que el carácter de un gobierno es el reflejo del carácter de sus ciudadanos.

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